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Roberto, el Capitán detrás de Sail in Mexico: una vida escrita entre corbatas, mares y volcanes

Donde las millas cuentan lo que los años no pueden

Con más de treinta mil millas y una vuelta al mundo bajo la quilla, en los últimos once años Roberto ha pasado más tiempo en el agua que en tierra, más noches bajo tormentas y cielos estrellados que en hoteles, y visto más amaneceres en cubierta que desde una recamara. Su vida no es una línea recta: es una estela en zigzag que cruza océanos, archipiélagos, volcanes, desiertos, migraciones humanas, tormentas tropicales, despedidas, encuentros y una colección de historias que solo pueden nacer cuando uno decide vivir en movimiento.

Roberto no llegó al mar: el mar lo adoptó. Lo hizo a su manera, con cariño rudo. Le enseñó a base de golpes de ola, noches sin dormir, motores caprichosos, vientos que cambian de humor y barcos que, como las personas, a veces necesitan paciencia y otras veces un grito firme. En sus travesías por el Pacífico, el Índico, el Atlántico y los mares Andamán, Bering, de Cortés y del Norte, Roberto aprendió que navegar no es solo mover un barco: es leer el mundo, escuchar el viento, entender el silencio y sentir la embarcación.

El origen de una vocación

Su interés por la vela nació mucho antes de subirse a un barco: nació en su fascinación por el comercio marítimo, los vientos, por las cartas náuticas, por el silencio y por la idea de desplazarse sin motores, solo con la fuerza de la naturaleza.

Pero fue en Tailandia, con Sail in Asia, donde esa curiosidad se convirtió en oficio. Después de años en el mundo corporativo —trajes, juntas, correos interminables, decisiones ajenas y un ritmo que no tenía nada que ver con el suyo— decidió bajar un peldaño en la escalera corporativa y subir otro muy distinto: el de un velero.

En Phuket descubrió que la vida podía medirse en nudos, no en KPI’s; que un día bien vivido podía consistir en lijar un casco, reparar un winche o enseñar a un alumno a hacer un nudo que no se deshiciera. Allí, entre bahías cálidas, veleros de carrera y estudiantes de todas partes del mundo, Roberto encontró una vida saludable, anclada en el presente y más gratificante que aquella compensada por una nómina constante.

Sus días se dividían entre clases prácticas, maniobras, teoría, risas, tormentas tropicales repentinas y atardeceres que parecían inventados para convencer a cualquiera de quedarse. Participó en numerosas regatas y fue en Tailandia donde entendió que la vela no era solo un medio de transporte: era un lenguaje, y él quería enseñarlo.

Travesías que definen a un capitán

Su experiencia como navegante se construyó en escenarios que pocos capitanes conocen de primera mano. Ha cruzado mares donde las cartas náuticas son más sugerencias que certezas; ha fondeado en bahías donde los dragones de Komodo, coyotes, osos pardos o morsas observan desde la playa; ha navegado entre volcanes activos con capitanes obsesionados con la geología; ha sorteado tormentas que parecían escritas por un guionista exagerado; y ha convivido con ballenas, mantarrayas, tiburones, delfines, tortugas y, cruzando el Pacífico, con un gato llamado Demonio que se creía parte de la tripulación.

El Pacífico en plena pandemia

Su travesía más larga y simbólica ocurrió en 2020, cuando el mundo entero se encerró mientras el cruzaba el Pacífico. Partió de México rumbo a la Polinesia Francesa, dónde se encontró con una frontera cerrada y autoridades aplicando normas tan sin sentido para un marinero, cómo la prohibición de nadar al rededor del barco para quitarle las algas y conchuelas. Entonces refugiado de la pandemia, de las Marquesas tuvo que continuar hacia Hawái, dónde también fue rechazado por falta de documentación. Navegó miles de millas mientras los puertos cerraban y las noticias cambiaban cada hora.

En el mar, sin embargo, la vida seguía su curso natural: ballenas sin testigos, tormentas que exigían maniobras nocturnas, pero que también premiaban con regaderas frescas sin limite de agua, y atardeceres que explotaban en el cielo. Al volver a México, Roberto entendió que el océano había sido el único lugar donde la libertad seguía intacta.

De Alaska a Japón: una frontera entre mundos

Otra de sus grandes travesías fue la ruta desde Alaska hasta Hokkaido, navegando por las Aleutianas, Kamchatka y las Kuriles. Es un viaje que solo se cuenta bien con las manos frías: volcanes activos respirando en la distancia, nieblas que se mueven como animales vivos, osos que se sientan en los dinghies como si fueran suyos, fondeos inciertos y corrientes caprichosas.

Cada isla era un recordatorio de que el planeta tiene rincones donde la civilización no manda. Armados de un rifle, repelente para osos, cornetas, esquís con piel de foca y raquetas, el capitán en esta aventura y Roberto escalaron volcanes en las Aleutianas y en Kamchatka que nunca habían sido esquiados, ni mucho menos pisados por un mexicano. Al llegar finalmente a Japón, con una botavara partida a la mitad, después de semanas de frío, guardias interminables y paisajes que parecen de otro tiempo, Roberto sintió que había cruzado no solo un mar, sino una frontera entre mundos: del territorio de los elementos al territorio de los humanos.

La vuelta al mundo

Entre diciembre 2025 y enero 2026, Roberto terminó de darle la vuelta al mundo en velero, una hazaña progresiva que empezó en 2016 cruzando el Océano Índico de Bali a Madagascar y que culminó con un cruce transatlántico a bordo de un velero de carreras, de Cartagena, España, a Speightstown, Barbados. Fue un viaje tan desaventurado que aún no se siente listo para verlo reflejado por escrito. Eso no quiere decir que no se divierta compartiendo anécdotas de la travesía durante sus cursos o viajes a vela. Basta con adelantar que de un estimado de dos semanas, completaron la travesía en cuarenta y cuatro días, rompieron varias drizas y velas y algunos miembros de la tripulación enloquecieron.

Un capitán que piensa con el mar

Quienes lo conocen saben que Roberto es un hombre de silencios largos y pensamientos profundos. Su mente funciona como un radar encendido: observa, analiza, conecta. Su introspección lo acompaña siempre, ya sea en una guardia nocturna o frente a un delicioso café recién hecho al amanecer.

Es lector voraz —absorbe libros como una esponja— y su curiosidad insaciable lo lleva a coleccionar historias, datos, mapas, idiomas (se las sabe arreglar en al menos nueve), paisajes y personas. Todo lo archiva mentalmente, no por obsesión, sino porque sabe que algún día, en algún fondeo remoto, esa información será útil para alguien.

Del derecho marítimo al viento

Antes de dedicarse por completo a la navegación, Roberto tuvo una carrera destacada como abogado marítimo, egresado con honores de la Facultad de Derecho de la UNAM y con un LL.M. en Derecho del Mar y Marítimo por Lund University y la World Maritime University. Escribió sus tesis sobre la transportación maritima de materiales radioactivos y el uso de derecho del mar para obligar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Fue profesor universitario, asesor de la industria petrolera (Pemex y luego CGG, una empresa francesa de exploración petrolera), trabajó en el Tribunal
Internacional del Mar y como enlace entre los gobiernos de Dinamarca y México durante la COP15, la cumbre sobre cambio climático celebrada en Copenhague en 2009. Ha negociado el arrendamiento, la compra y construcción de buques petroleros e incluso navegado en ellos y en buques de exploración sísmica. Si te interesa, aquí puedes ver el detalle de su trayectoria tanto en tierra como en el mar.

Roberto Cámara es el tipo de hombre que lleva una biblioteca jurídica en un puño y un cabo de remate en el otro; que puede hablar de tratados internacionales durante el desayuno y, para la cena, improvisar la reparación de una bomba de achique. Tiene la calma —y la furia lenta— de un navegante que ha recorrido suficientes millas oceánicas como para saber que el mar siempre intentará avergonzarte, y la intensidad silenciosa de un estudioso que inhala libros como otros hombres inhalan humo.

Roberto es paciente con el papeleo porque sabe que el papeleo es el único idioma que muchos funcionarios hablan; y es rápido con un cabo porque el mar es un traductor brutal.
Si lees sus entradas de bitácora, encontrarás el mapa de una persona que valora el aprendizaje y detesta la ostentación. Te enseñará a hacer un empalme… y también a despejar la mente cuando las rachas te han robado el sueño.

Esa formación jurídica le dio una comprensión única de la seguridad, la normativa y la responsabilidad en el mar, que hoy se traduce en procedimientos claros, estándares justos y un enfoque meticuloso en la seguridad a bordo.

El nacimiento de Sail in Mexico

Sin embargo, la oficina nunca pudo competir con el viento. Después de disfrutar tres años trabajando en Sail in Asia, Roberto volvió a México y en 2020 fundó Sail in Mexico, una escuela náutica que refleja su filosofía personal:

  • Navegar de verdad, a vela, sin depender del motor
  • Escuchar el silencio del mar y el sonido del casco avanzando
  • Aprender haciendo, viviendo a bordo, sintiendo el barco
  • Formar marineros completos, no turistas
  • Compartir la magia de los mares del mundo

Tres superpoderes que sus alumnos reconocen

  1. Mantener la calma cuando otros entrarían en pánico
  2. Contar historias que hacen que incluso limpiar la sentina sea divertido
  3. Hacer que una tormenta parezca parte del plan

El tipo de navegación que practica Roberto no es una fantasía de héroes solitarios ni de rescates cinematográficos. Es la navegación real: la que se construye despacio, con las manos saladas y la mente despierta; la que consiste en mantener las cosas honestas, funcionando, vivas. Es convertir los errores en información valiosa y la improvisación en una forma de sabiduría. Roberto se mueve por los puertos no para coleccionar souvenirs, sino para coleccionar historias…

Roberto te enseña a respetar tu entorno, a prepararte para el viento, a mantener los ojos atentos y a no dar jamás por hecho que lo peor no va a ocurrir. Él te enseña a vivir con ese conocimiento —con esa verdad cruda del mar— y aun así encontrar la picardía, la belleza y la alegría que existen en cada ola. Y si quieres entender qué hace competente a un capitán en el mundo moderno, sigue sus frases. Son la bitácora de un hombre que piensa cada decisión, que mantiene los repuestos cerca, que lee mientras el barco se sacude y que, al final, cree que una mente serena y un buen juego de herramientas importan más que cualquier historia posada para una postal.

La misión hoy

Como fundador, director e instructor principal de Sail in Mexico, Roberto combina décadas de experiencia oceánica con una visión clara: ofrecer cursos y travesías auténticas, seguras, profundas y transformadoras.

Sus programas —incluyendo el reconocido Zero to Hero— están diseñados para que cualquier persona, desde principiante hasta navegante avanzado, pueda aprender la navegación a vela de verdad, viviendo a bordo, enfrentando el mar con respeto y disfrutando cada milla.

Porque para Roberto, navegar no es un deporte ni un hobby: es una forma de estar vivo. Cada travesía es un recordatorio de que el tiempo es limitado y el mar, infinito. Y eso es exactamente lo que transmite a cada persona que sube a bordo.

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